26.1.09

[Reseñas]  Tristes Trópicos, de Claude Levi-Strauss


En mi intento desesperado por no sucumbir al peso del trabajo, continúo buscando mis espacios personales, robando unas pocas horas a la interminable labor diaria, para seguir haciendo eso que es mi pasión: leer y escribir.

Leer tiene dos funciones: aprender y verse en retrospectiva. Reflexionar. Si lo dejas de hacer, te conviertes en una suerte de perro que se muerde la cola, dando vueltas sobre sí mismo, encerrándose en un círculo infinito y destructivo. “Nunca dejes que te pase”, me dijo mi abuelo.

Justamente hoy termino la lectura de Tristes Trópicos (Ed Paidos, 2006 -en español), un clásico de Claude Levi-Strauss, antropólogo y etnólogo  francés.


Escrito en 1955, presenta sus experiencias por la amazonía brasileña, en busca de las últimas tribus nómadas y aporta, sobre todo, una excelente reflexión para quienes nos interesamos por los encuentros (y desencuentros) culturales entre comunidades “occidentalizadas” e “indígenas”.

Comienza la introducción de Manuel Delgado por decirnos que “Testimonio privilegiado de cómo naufragan las culturas, quizá el etnólogo entienda, en esa incómoda conciencia, la dimensión real de su suerte y de su miseria: la de ser uno de los últimos en ver y palpar ese tesoro inmenso que es la diferencia, un tesoro que no supo merecer Occidente...” Tremenda paradoja ésta, de que al estudiar algo, apoyemos su destrucción.

Levi-Stauss comienza por contarnos la misma experiencia del viaje, como una búsqueda personal y describirnos los periplos que había que realizar en 1938 para cruzar el Océano Atlántico. En una época en que la Segunda Guerra Mundial era inminente y que los puertos se cerraban, logra embarcarse hacia la Martinica y llegar al “Nuevo Continente”, no sin pasar por detenciones a bordo y momentos de angustia para conseguir los documentos de salida. Durante la travesía refiere a la literatura de viajes:

“Entonces comprendo la pasión, locura, el engaño de los relatos de viaje. Traen la ilusión de lo que no existe y que debería existir para que pudiéramos escapar a la agobiadora evidencia de que han engañado por 20,000 mil años de historia. Ya no hay nada que hacer: la civilización no es más esa flor frágil que preservábamos, que hacíamos crecer con gran cuidado en algunos rincones abrigados de un terruño rico en especies rústicas, sin duda amenazadoas por su lozanía, pero que permitían variar y vigorizar el plantel. La humanidad se instala en el monocultivo; se dispone a producir la civiilización en masa, como la remolacha. Su comida diaria sólo se compondrá de ese plato.”

Continúa el autor “...Abro esos relatos de exploradores; me describen la tribu x como salvaje, la cual conserva todavía en la actualidad las costumbres de no sé qué humanidad primitiva, caricaturizada en algunos breves capítulos. Y yo he pasado semanas enteras de mi vida de estudiante anotando las obras que hace cincuenta años, y también recientemente, hombres de ciencia consagraron al estudio de esa misma tribu antes de que el contacto con los blancos y las epidemias siguientes la redujeran a un puñado de miserables desarraigados”.

El mundo va, ineludiblemente por un camino homogenizador y poco se puede hacer por recuperar lo perdido: “de aquí a unos cientos de años, en este lugar, otro viajero tan desesperado como yo llorará la desaparición de lo que yo hubiera podido ver y no he visto. Víctima de una doble invalidez, todo lo que percibo me hiere, y me reprocho sin cesar no haber sabido mirar lo suficiente.”

El viajero, los viajes; el etnólogo, sus observaciones; el antropólogo, su análisis...¿los programas de desarrollo, su intervención? Este texto me hace pensar en los impactos que causa cada viajero en los espacios que visita, pero también en los sitios a los que vuelve: una suerte de doble trabajo inconsciente de acercamiento cultural que contribuye lenta e ineludiblemente a hacer mundos en los que las similitudes son cada día más: un hotel con la misma atención, la cama que requiere el visiante, los platos y sus cubiertos, los sabores, los medios de transporte... y siempre con un balance tendenciosamente peligroso para el modo de vida occidental.

En su descripción de sitios y personajes, el autor identifica impresionantes semejanzas entre las diversas culturas de nuestra América: mitos bororo (de los indígenas del Brasil) que se relacionan fuertemente con los de las tribus de américa del norte; estatuillas y figuras que entre culturas Mixteca (México) y Chavín (Perú) contienen los mismos elementos decorativos, e incluso va más allá, relacionando mitos asiáticos con sudamericanos, sugiriendo que en realidad el descubrimiento del “Nuevo Continente” no pertenece a Colón (yo digo que únicamente lo es por estrategia de mercadotecnia y justificación de propiedad), sino que el intercambio cultural es más antiguo que lo pensado y que no se puede circunscribir a los últimos dos mil años, sino a las tribus que desde mucho antes lo habitaron.

Levi-Strauss dice que “el conjunto de las costumbres de un pueblo es marcado siempre por un estilo; dichas costumbres forman sistemas. Estoy persuadido de que esos sistemas no existen en número ilimitado y de que las sociedades humanas, como los individuos -en sus juegos, sus sueños o sus delirios- jamás crean de manera absoluta, sino que se limitan a elegir ciertas combinaciones de un repertorio ideal que resultaría posible reconstituir. Si se hiciera el inventario de todas las costumbres... se llegaría a una especie de tabla periódica como la de los elementos...” (¿un anticipo del mapa del genoma humano?). En efecto, cuando uno piensa cómo este proceso de levantamiento de inventario se facilita en la medida que los humanos mezclamos nuestros valores culturales y los convertimos en uno, llegamos a conclusiones como ésta que alguna vez discutíamos (¿no es cierto, Sr. Nariz?), de que no hay muchos modelos de comportamiento dentro de nuestras pequeñas sociedades.

Y haciendo un análisis de los diferentes comportamientos de los grupos con los que convive durante varios años en la amazonía brasileña, nos explica la forma en que estos pueblos valoran la riqueza: a diferencia de nuestro modo de verlo en el sentido económico, para algunas de estas tribus está dado en una serie de privilegios y responsabilidades basados en el grado de especialización de sus propias técnicas y posición dentro del grupo: mago, cazador, jefe. Llama particularmente la atención éste último: “[el jefe] recibe prestaciones de todos los clanes en forma de alimentos y de objetos manufacturados. Pero, como al recibir se obliga, siempre está en la situación de un banquero [seguro Levi-Strauss no conoció a los banqueros de hoy en día]: muchas riquezas pasan por sus manos, pero él no las posee jamás. Mis colecciones de objetos religiosos fueron hechas como contraparte de regalos que inmediatamnte eran redistribuidos... y que le sirvieron para sanear su balanza comercial”

Nuestro autor reflexiona también sobre el uso y nacimiento de la escritura entre las culturas: “El único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases [...la escritura] parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación [...] si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud. El empleo de la escritura con fines desinteresados para obtener de ella satisfacciones intelectuales y estéticas es un resultado secundario...” Por más que uno quisiera ser escéptico con estas ideas, no deja de hacernos reflexionar el hecho de que uno de los primeros textos de los que tengamos conocimiento sea el “Código de Hammurabi”, que contaba precisamente, una serie de ¿60,160? (recuerdo mal mis lecciones del colegio) artículos sobre el comportamiento en sociedad, y que a pesar de que casi todas las constituciones del mundo inicien por decir que “todos los que habitan este territorio tienen los mismos derechos y responsabilidades...” en la realidad constatemos que ni todos somos tan derechos ni somos tan iguales... y mucho menos igualmente responsables.

Uno de los temas más interesantes es sin duda aquel en que describe las características del liderazgo. Comienza por recordar que una vez montaigne entrevistó a 3 indígenas brasileños y les preguntó cuáles eran los privilegios del jefe. “Marchar primero en la guerra”, fue la primer respuesta. Enseguida, cuenta Levi-Strauss cómo en la temporada de sequía, el jefe es el encargado de organizar los itinerarios, buscar el alimento u organizar su producción, así como marcar las etapas de descanso en su nomadismo. Entre los Nambiquara (una de las tribus estudiadas), no existe el poder coercitivo y el jefe tendrá que someter todas sus decisiones al grupo, mostrándose siempre como un ejemplo a seguir. “¿Cómo cumple el jefe con estas obligaciones? El primero y principal instrumento de poder reside en su generosidad: [...] aunque el jefe no parezca gozar de una situación provilegiada desde el punto de vista material, debe disponer de excedentes de alimentos, herramientas [...] Cuando un individuo o familia sienten una necesidad o deseo, se apela al jefe para que la satisfaga. [...] El ingenio es la forma intelecutal de la generosidad: un buen jefe da prueba de iniciativa y destrezas [: ] debe ser buen cantor y bailarín, alegre y dicharachero, siempre dispuesto a distraer a la banda y a romper la monotonía de la vida cotidiana...” Nada que cambie mucho de nuestro concepto de buen líder, hoy en día tan difícil de hallar.

En sus más de 500 páginas de relato, Leví-Strauss reflexiona sobre la vida del etnólogo, relata con detalle sus observaciones sobre éstas con seguridad, ya extintas tribus y va mucho más allá, interrogándose aquello que nos pregunamos muchos de los que en algún momento hemos abandonado a nuestra sociedad: ¿por qué lo hemos hecho? Acaso en busca de una nueva perspectiva, tal vez porque simplemente no nos sentimos parte de ella, o insatisfechos por las alternativas que nos proporciona; posiblemente por la simple necesidad de observar desde un punto externo nuestra propia condición... Del mismo modo, se cuestiona si al final hemos obtenido aquello que buscábamos, o si todo ha sido una evasión temporal.

De este autor, una de sus ideas más reconocidas es la de los opuestos. De acuerdo con su opinión, los seres humanos lo vemos todo en planos que se enfrentan: negro-blanco, ying-yang, crudo-cocido, alto-bajo, bueno-malo, feo-bonito, etc. Ello obedece, explica, a la humana búsqueda del paso de la barbarie a la civilización: asigamos una connotación negativa a todo lo que nos acerca más al lado “salvaje y natural” (“indio, loco, bestial, oscuridad, nómada, irresponsable, analfabeta...”), mientras que juzgamos positivamente a lo que relacionamos con lo “civilizado y social” (ciudadano, cuerdo, humano, claridad, sedentariedad, responsable, culto...). ¿Acaso pasa lo mismo con los actuales términos de sostenibilidad e insostenibilidad ?


Un texto largo, pero ampliamente recomendado para conocernos un poco más. Un libro ligeramente pesado para quienes no han revisado con anterioridad temas de ciencias sociales, pero extremadamente útil para los que buscamos comprender las raíces de la aplastadora máquina del desarrollo y de la intervención de Occidente en el mundo del Sur. Saber que fue escrito en 1955 y que sus viajes datan de los años treinta, evidencia la paradoja: de lo poco que hemos sabido respetar las diferencias culturales mientras tratamos de mejorar las condiciones de los más desprotegidos...aún cuando nos lo han advertido desde hace medio siglo y nos vanagloriamos que nuestra ciencia ha avanzado exponencialmente en el mismo periodo. Buena lectura.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario