12.1.14

[Reflexiones] Del hacer y del decir y de los entuertos entre la verdad y la ficción; congruencia y mentira.

Si algo me parece complicado en nuestra vida es de ser capaces de actuar en congruencia. Esta palabra, que entiendo como la delgada y difícil línea entre el decir y el hacer, me parece central en nuestras relaciones como seres humanos.

Dicen por ahí que somos lo que hacemos, no lo que decimos que somos. Coincido, pero ¿qué pasa con aquellos que son lo que dicen que son y no lo que hacen? Algunos ejemplos que intentan ilustrar estos entuertos.

Supongamos que te encuentras con uno de tus amigos y después de una breve charla deciden que será muy bueno volverse a encontrar en un par de días: "nos hablamos", "ya quedamos, pasado mañana, sin falta", "seguro, ya estamos". Estas suelen ser algunas de las frases más utilizadas por quienes acostumbran decir cosas que saben que no harán. Común, natural, cotidiano y muy nuestro.


Algunos extranjeros nos hacen ver estas incongruencias porque -siendo un código normal en el país- se sorprenden de que la mayoría de personas incumplamos con estas promesas: "nunca me habló"; "todavía estoy esperando su confirmación". Por mi experiencia después de algunos años fuera de México, ésta es también una de mis frustraciones.

El problema es que este convencionalismo social pasa directamente a la línea de la ética entre la verdad y la mentira: el que promete y no cumple, miente. Pero claro, no es lo mismo que Juan Pérez nos deje plantados a que el señor diputado lleve la incongruencia por otros caminos: recientemente, en una (más) de mis discusiones tuiteras, me encontré con un diputado que publica fotografías en las que regala cobijas en la sierra de Chihuahua. Al reclamarle el populismo y la actitud paternalista -en realidad sólo hacía proselitismo- me responde ofendido que es el "granito de arena" que puede aportar al país.

Pequeño detalle: el señor diputado regala cobijas y se hace fotos, pero hace un mes votó a favor de la reforma energética que terminará por privatizar a PEMEX y de la que me preocupa -más que la privatización en sí misma- que dados los niveles de corrupción del país, sean unos cuantos los que hagan mucho dinero con un bien público, así como lo hicieron con TELMEX y con muchas otras empresas del Estado.

En el fondo, la del diputado y la de Juan Perez son la misma acción, pero en distinto sentido: se trata de la delgada línea entre el hacer y el decir. El legislador no sólo es incongruente, sino que además se escuda en que su "granito de arena" es dar una cobija, cuando tiene a su cargo una de las funciones más importantes del país: legislar para regular el comportamiento entre los mexicanos, sus recursos, su ética y la aplicación de la justicia. La cobija, la tarjeta de Soriana, la despensa y la foto son los granitos de arena del engranaje de la retórica politiquera, soportada en el clientelismo de la democracia mesozoica nacional.

El punto es que gracias al control de medios que ejerce (y a los chayoteros que le acompañan, porque recibí muchas respuestas defendiéndolo por sus buenas obras), el señor se puede hacer un baño de pureza y hacerles pensar que es lo que dice que es y no lo que hace al haber aprobado una reforma al vapor y sin debate real: se dice el buen samaritano que está cerca de los pobres, que asiste sus necesidades y que está cerca del pueblo para entenderlo, mientras que su gran aporte social (su granote laboral), es haber votado como buen priísta: siguiendo las directivas del aparato partidista. Y la gente le cree que está ayudando. Viva México y viva el norte bronco, pero hoy dormido. ¿Incongruencia, mentira, retórica?

Repetir la retórica del cobijazo la convierte en realidad. Al menos eso decía Goebbels (el máximo propagandista del nazismo, aunque no acerca de las cobijas, claro): "una mentira repetida muchas veces termina por convertirse en una verdad". ¿Será por eso que el gobierno federal gastó enormes sumas de dinero para argumentar a favor de las reformas hacendaria, fiscal y energética? Como la mayor parte de los mexicanos somos legos en jurisprudencia y difícilmente leeríamos las 3 mil páginas de las propuestas de reforma, nos repitieron en los medios de comunicación una y otra vez sus ventajas: el grueso de la población las escuchó -y vio- en las grandes cadenas televisivas e hizo de ellos su verdad (incluidos los chayoteros en cuestión).

Vayamos al punto final y confundamos un poco más al lector: una mentira repetida muchas veces y hecha verdad puede llegar al grado de formar un mundo aparte, con sus respectivas instituciones. Por ejemplo, habemos quienes somos fieles admiradores de Yoda, así como hay miles de feligreses de Jesús o de Buda; existe un lugar llamado Nueva Zelanda, donde puedes visitar el mundo del Señor de los anillos y varios en Estados Unidos, Japón y Francia, donde puedes visitar el mundo de Disney. Mi querido Borges inventó un mundo que se llamaba Ukbar...

Y así pasamos al mundo de ficción: un espacio con sus propios tiempos, materiales y sistema de verdades. Nada malo con esto, pues los humanos apreciamos escaparnos de nuestras tristes realidades para soñar con mundos nuevos y distintos. El problema es que no es lo mismo que Borges, Vargas Llosa, García Márquez o George Lucas construyan ese mundo, a que lo haga Televisa, el PRI, el señor diputado de la cobija o la Presidencia de la República... porque los primeros lo construyeron para que nos divirtamos y tengamos entretenimiento, mientras que los segundos lo construyen para engañarnos y entretenerse a costa de nuestra ignorancia e impuestos.

Así que si en alguna ocasión te habías puesto a pensar en la relación entre la congruencia, la construcción de la verdad y los mundos de ficción, esta puede ser una oportunidad para que inicies el ejercicio del cuestionamiento y la reflexividad: ¿Quién lo dijo? ¿Qué significa? ¿Qué está construyendo? ¿De qué México está hablando: de la ficción o del engaño?

Que tengas una excelente semana de autocrítica... y cuidado con las cobijas!